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LA GUERRA EN CHECHENIA, EL PETRÓLEO Y EL REACCIONARIO CHOVINISMO RUSO
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La guerra en Chechenia, el petróleo y el reaccionario chovinismo ruso
Chechenia, campo de pruebas de la general Guerra imperialista
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La guerra en Chechenia, el petróleo y el reaccionario chovinismo ruso
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La reunión de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, que tuvo lugar en Estambul el 18 y 19 de noviembre pasado, ha sido el teatro de una pantomima entre los «Grandes» concluida con el precipitado abandono de la cumbre por parte del presidente ruso irritado por las más bien débiles declaraciones occidentales que invitaban a Moscú a encontrar una «solución pacífica» a la guerra en Chechenia.

La OCSE, en realidad, como ya había hecho la OTAN por boca de su secretario general George Robertson, ha reconocido de manera hipócrita que la guerra chechena es una cuestión interna rusa.

Pero lo que ha irritado a la diplomacia moscovita, por encima de esas declaraciones de principio, ha sido el paso dado por Washington, que ha aprovechado la cumbre para contragolpear contra Rusia cerrando un acuerdo con Turquía para la construcción de un oleoducto que transportará el petróleo del Caspio desde el centro petrolífero de Bakú directamente hasta el terminal petrolífero turco de Ceyhan, en el Mediterráneo.

Es el segundo oleoducto financiado por los EE.UU. con el objetivo de romper el monopolio ruso sobre el petróleo del Cáucaso y representa otro paso importante en el avance de los EE.UU. hacia los territorios fronterizos con Rusia después de la ampliación de la OTAN a los países de la Europa del Este y de la instalación en Kosovo.

La empresa - decían los diarios - ha sido alentada por los Estados Unidos debido a razones políticas y estratégicas, a pesar de la perplejidad de las compañías petrolíferas, que juzgaban excesivos los costes de la obra, alrededor de 2,4 millardos de dólares. El presidente Clinton ha declarado que el nuevo oleoducto «contribuirá a la diversificación de nuestras fuentes de energía y ayudará a los nuevos Estados independientes del Cáucaso y de Asia Central a mantenerse por sí mismos; además pondrá a Turquía, nuestro fiel aliado, en primera línea y en el corazón del proyecto para crear un futuro seguro desde el punto de vista energético». En suma, una nueva amenaza para el Estado ruso que ve de nuevo en peligro su predominio también en regiones que tradicionalmente dependían de Moscú. Precisamente este «asedio» por parte de Occidente tiene un papel no secundario en el desencadenamiento de la segunda guerra chechena.

Para obtener el apoyo de la población hacia la intervención «antiterrorista» contra el pequeño Estado caucásico, los gobernantes de Rusia no han dudado en desencadenar la guerra contra el propio país: una mortífera serie de atentados que ha causado centenares de muertos, de los cuales se ha hecho recaer la responsabilidad en los «chechenos» y ha desencadenado una campaña racista contra los «meridionales». El primer ministro se ha distinguido por estimular el nacionalismo ruso:
«
Chechenia, ha declarado, es una cueva de bandidos que hay que cazar en las cavernas, que hay que exterminar metódicamente, sin prisa».

Con estas nobles motivaciones, el uno de octubre pasado, después de algunos días de bombardeos contra «las bases terroristas», cerca de 50.000 hombres del ejercito ruso, apoyados por fuerzas acorazadas y por la aviación, atravesando la frontera con Chechenia, rompiendo así el acuerdo de paz de noviembre de 1996.

Hace tres años el ejercito ruso fue clamorosamente derrotado en Chechenia, obligado a retirarse apresuradamente del País. La guerra fue iniciada en diciembre de 1994 cuando alrededor de 20.000 hombres de Moscú invadieron el pequeño país, después de que en 1991, el general Dudayev, tras obtener un cierto apoyo popular, declarase la independencia, contando probablemente con la producción petrolífera del País, y quizá, con las promesas occidentales de ayuda.

Los años siguientes a la declaración de independencia, debido al bloqueo económico por parte de Moscú y a la huida de la mano de obra especializada proveniente precisamente de Rusia, fueron particularmente duros para la población; las fábricas fueron cerradas y la agricultura cayó en una grave crisis; el régimen de Dudayev tenía cada vez más dificultades.

A pesar de esto, el ejercito ruso, que se resentía de la grave crisis que atravesaba el país y que se veía envuelto en una guerra que no era apoyada por la población, se encontró con una serie de duras derrotas pese a su superioridad numérica y de armamento, fue al encuentro de una serie de duras derrotas. Después de casi dos años de guerra y de decenas de millares de muertos, sobre todo civiles, (se calcula entre 60.000 y 80.000), en agosto de 1996 una división acorazada que había entrado en la capital Grozny, fue completamente destruida por los guerrilleros.

A continuación de esta abrasante derrota, el presidente Boris Yeltsin autorizó al secretario del Consejo de Seguridad, el general Alexander Lebed, a
«
tratar con los independentistas chechenos para alcanzar una solución política al conflicto y definir un nuevo estatuto para Chechenia en el cuadro institucional de la Federación Rusa».
Cualquier decisión sobre el status futuro de Chechenia fue pospuesta al 31 de diciembre de 2001.

El Ejercito ruso necesitaba resarcirse de esta derrota militar tanto de cara al interior para dar credibilidad a la propaganda «gran rusa» sobre la reconstrucción del imperio, como hacia el exterior, para reafirmar la potencia militar de Moscú, sobre todo hacia las pequeñas repúblicas centro asiáticas donde siguen propagándose las tendencias separatistas.

La tercera motivación para la guerra es la lucha por el control del petróleo del Cáucaso y sobre todo de las vías para su transporte.
«
Rusia» - escribe «Le Monde Diplomatique» de noviembre - «siempre ha sostenido que la mayor parte del petróleo debía pasar por su territorio, como en la época soviética, utilizando el oleoducto Bakú-Novorossijsk».
Por lo tanto, la región del Cáucaso se encuentra en el centro de un importante choque geopolítico, y no solo como vía de transito para los hidrocarburos del mar Caspio.

Hay que resaltar que solo pocos meses antes del comienzo de la primera guerra chechena, en septiembre de 1994, en Bakú se celebraba la firma de un acuerdo entre algunas compañías estadounidenses, capitaneadas por la Amoco, y el presidente azero Heydar Aliyev. El consorcio tomaba el nombre de Azerbaiyán International Operating Company (AIOC). La construcción de la AIOC puso bien pronto de manifiesto el problema de la transferencia del crudo hacia los mercados occidentales. De hecho, los recursos provenientes del Caspio habrían debido salir solamente a través del territorio de Irán o de Rusia. La AIOC asumió el compromiso de usar la línea rusa, después de que, en agosto fuese alcanzado un acuerdo entre el Kremlino y los separatistas chechenos, pero al mismo tiempo declaraba la intención de recorrer una nueva ruta occidental, sostenida por los EE.UU. y fuera del control ruso, un oleoducto alternativo que uniría Bakú con el puerto del Mar Negro de Supsa en Georgia. La diplomacia estadounidense escogiendo una política de diversificación de los trazados daba un primer paso para excluir a Rusia del área. En diciembre se desencadena la guerra: con la derrota rusa y la consiguiente perdida del control directo sobre Chechenia, la vía rusa al petróleo pierde aún cotización.

Una vez alcanzada la paz el oleoducto fue reparado, pero Chechenia pretendía tarifas diez veces más altas que las que Rusia estaba dispuesta a pagar. Al final se alcanzo un acuerdo, pero el primer flujo de petróleo atravesó el confín ruso-azero solo el 28 de febrero de 1998.

El 17 de abril de 1999 fue oficialmente abierto el oleoducto que une Baku con Supsa, que de hecho se inserta en el sistema de seguridad de la OTAN. De este modo los Estados asociados del GUAM (Georgia, Ucrania, Azerbaiyán, y Moldavia) y sus financiadores occidentales con los EE.UU. en primera fila, han creado una primera brecha en el monopolio ruso. Leíamos en «Guerra y paz» de septiembre:
«
La reacción del Kremlino ha sido el reforzamiento de todo su dispositivo militar en el área norte del Cáucaso y del Daghestan. Navíos de guerra en el puerto de Astracán, llegada de secciones de infantería mecanizada en la ciudad de Bujnaksk, un plan para la construcción de una base naval militar en Kaspijsk. También la base militar de Gyumri, en Armenia, ha sido modernizada, dotada de nuevos aviones Mig-29 y de nuevos sistemas de defensa antiaérea. Todo esto ha suscitado las protestas de los gobiernos azero, ucraniano, y georgiano. Estos han acordado la creación de una fuerza militar de defensa en la línea del oleoducto Baku-Supsa. La señal para Moscú es inequívoca, Ucrania y Georgia continuarán su política de rodeo de las rutas septentrionales rusas con todos los riesgos de un ulterior agravamiento de la tensión».
«(...) En sus recientes entrevistas el presidente checheno Aslan Maskhadov ha hablado de «mandantes atentados dinamiteros muy lejanos de las fronteras» y de extraños emisarios que trataban de persuadir a los chechenos a taladrar este oleoducto, que se ha debido efectivamente cerrar en primavera. Por consiguiente, los rusos se han visto obligados a transportar el crudo en vagones cisterna a través de una línea ferroviaria que rodea Chechenia por el norte. A su vez, el jefe de los rebeldes Shamil Basaev, transformando el Daghestan en Estado islámico, ha hecho este transito imposible y ha amenazado el otro gran proyecto ruso: la construcción, iniciada en mayo de 1999, del oleoducto Tengiz (en Kazahstan)-Novorossijsk que atraviesa las estepas calmucias al norte del Daghestan».

Las tropas de Moscú, apretando filas sobre el río Terek, a 25 kilómetros de la capital, Grozny, han realizado un avance sangriento que les ha permitido tomar el control de cerca de un tercio del País (13.000 Km2). Después de casi dos meses de guerra feroz que ha golpeado sobre todo a la población civil, obligada a huir para evitar los bombardeos, han conquistado la mayor parte de los centros habitados y están ahora acercándose a la capital. Pero los generales rusos temen entrar en la ciudad, recordando la suerte de sus divisiones acorazadas en la guerra de hace cuatro años, y buscan desalojar a los guerrilleros con repetidos bombardeos, y con el asedio y el corte de suministros.

También esta guerra «regional», como la de Serbia, se inserta en el choque cada vez más abierto entre las superpotencias mundiales por el control de las materias primas, de las vías para su utilización, por apropiarse de las posiciones estratégicas que puedan ser útiles de cara a la preparación de la tercera matanza mundial.

Pero la motivación más importante, también contingentemente, para esta enésima «guerra asquerosa» es la necesidad de encerrar al proletariado ruso en las nostalgias antiguas del nacionalismo gran eslavo, para que no se rebele contra la miseria a la que le ha conducido los 80 años de capitalismo salvaje, primero bajo el estalinismo y después bajo la democracia. Todavía una vez más debemos remarcar que la guerra, antes que un choque contra los pocos montañeses chechenos, es contra la gran y potente clase trabajadora rusa.

Chechenia, campo de pruebas de la general Guerra imperialista
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Hace algunos meses nos llegó la noticia de que el Estado ruso decidió aumentar notablemente presupuesto militar: los periódicos hablaron en seguida de «un aumento del 50% del gasto para proyectos militares y para la producción de armamento». El presidente Putin ha comentado «Durante muchos años la industria de la defensa y las fuerzas armadas han sido financiadas muy por debajo e lo aconsejable. La seguridad del país está en peligro». Los proletarios rusos, reducidos una gran parte de ellos al hambre, deberán apretarse aún más el cinturón: más cañones, menos mantequilla.

Rusia está empleando en la guerra 140.000 soldados y 300 carros blindados, apoyados por la artillería y la aviación, alrededor de un tercio del potencial completo del ejercito.
«
Un esfuerzo logístico enorme y un empeño considerable en hombres, materiales y aprovisionamientos, un reto que para el ejercito ruso, visto su estado ruinoso, no será fácil de afrontar. Además, ya que desde hace muchos meses no se ha pagado el sueldo a los mercenarios (35 $ al día) cada vez es más grande la tentación de vender las armas a los «bandidos», como ha sucedido en la primera campaña chechena» («Le Monde», 19 de enero).

Más optimista el corresponsal del periódico italiano «La Stampa» del 14 de febrero que ofrece la declaración de un coronel:
«
Esta vez a diferencia de la primera guerra chechena, todos han tenido cuanto ha sido convenido (...) Quien participa en las operaciones bélicas, quien se encuentra en zona de riesgo recibe 820 rublos al día. Al cambio, es el equivalente a 1.000 dólares al mes. Un oficial llega a cerca de los 1.000 rublos al día, dos veces una pensión mínima mensual».
El articulo prosigue explicando que el contrato puede durar uno, tres o cinco años y que los soldados que no participan en las operaciones militares cobran mucho menos, cerca de 100 rublos al día.

En el otro lado del frente, los grupos guerrilleros, bien pagados y financiados por Occidente, principalmente por Estados Unidos, pueden aprovisionarse corrompiendo a los oficiales rusos o adquiriendo en el mercado internacional las armas, siempre abierto para quien tiene dinero.

Para Chechenia, que antes de 1940 suministraba el 45% del petróleo a la URSS, y ahora solo el 1%, la declaración de independencia ha significado la reducción de las relaciones comerciales con Rusia y el fin de la financiación que llegaba del gobierno central. Los jóvenes, para huir de la tremenda miseria en la que desde hace años se debate la región, tienen ante ellos la alternativa de elegir entre hacerse entre hacerse «guerrilleros» o enrolarse en el Ejercito Ruso, que permite obtener un salario mucho más alto que el de un obrero. Mercenarios contra mercenarios, en una guerra en realidad contra los desheredados del Cáucaso y contra todo el proletariado Ruso.

Mientras las autoridades rusas acusan a los guerrilleros chechenos de ser los bárbaros, los asesinos que raptan y torturan a los prisioneros, se multiplican las noticias sobre la existencia de campos de concentración, o mejor dicho, de exterminio, gestados por el ejercito ruso en los cuales son encarcelados decenas de millares de civiles chechenos, incluso mujeres y niños. Como símbolo de la ferocidad de esta guerra está la destrucción de Grozny, tan grande que no será ya la capital de la República, probablemente sustituida por Gudermes, que parece que ha sufrido una menor destrucción y está en condiciones de albergar al gobierno.

Frutos venenosos de la guerra: según las últimas noticias serían 15.000 los civiles masacrados, 200.000 los obligados a huir de sus casas; pero también entre los soldados las perdidas son ingentes, más de 3.000 soldados rusos caídos, 6.000 heridos; también las perdidas de los guerrilleros chechenos deben ser grandísimas; un tributo de sangre demasiado alto para una operación «antiterrorista».

Según las valoraciones rusas quedan todavía activos algunos millares de guerrilleros que pueden llevar de cabeza a las tropas de Moscú, que después más de cuatro meses no han conseguido el control completo del territorio, sobre todo en la zona montañosa al sur. También las zonas liberadas lo son a menudo solamente parcialmente ya que cada noche, mientras los soldados rusos se ven obligados a atrincherarse en los cuarteles, los guerrilleros retoman las posiciones perdidas durante el día. El gobierno ruso se prepara para dejar en el país un ejercito de ocupación de unos 50.000 hombres y construye cuarteles, aeropuertos, y campos fortificados.

Rusia, apremiada en occidente por la ofensiva de la OTAN, que ha conseguido llevar sus bases, armamentos, y centros de observación a pocas decenas de kilómetros de su territorio, trata de evitar que también en el este y en el sur se amenace la integridad de sus fronteras y se dispone a defender los enormes intereses ligados a la explotación del petróleo en el Caspio. El Estado ruso está empeñando en esta guerra todos sus recursos para demostrar al mundo que es todavía una potencia militar digna de respeto. La prensa rusa, presionada por una censura «democrática» que maneja puñados de dólares y sicarios mejores que los del menguado KGB, aviva el fuego del nacionalismo, no escatima acusaciones contra Occidente, contra los Estados islámicos, contra Turquía... Los popes bendicen la santa carnicería, las canosas barbas de los «disidentes» eslavos no disienten ya...

Esta es la guerra chechena, como ha sido la de Serbia, un campo de prueba para el tercer conflicto mundial.

Source: «La Izquierda Comunista», n. 12, mayo 2000 (1999)

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