Que los jovenes proletarios reencuentren el camino de la lucha de clase
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QUE LOS JÓVENES PROLETARIOS REENCUENTREN EL CAMINO DE LA LUCHA DE CLASE
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Que los jóvenes proletarios reencuentren el camino de la lucha de clase
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Que los jóvenes proletarios reencuentren el camino de la lucha de clase
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En la Roma imperial panem et circenses (1) era lo conveniente para tener satisfecha a la plebe ociosa; hoy en día con las «modernas tecnologías» y algún artificio más, la historia se repite a escala planetaria. En el mundo occidental el panem, excepto casos aislados, es suministrado aunque sea por ínfimos subsidios y ollas para pobres que garantizan la subsistencia; como circenses preparan programas televisivos a cual más idiota que empañan los cerebros, integrados por alcohol y drogas.

Respecto a Roma una de las pocas diferencias substanciales quizá sea la «escuela pública». La instrucción no es obligatoria, ésta más bien es cada vez más facultativa, superflua y peligrosa; la «asistencia» en cambio sí. El orgullo de la sociedad burguesa de haber dado y difundido las luces y la ciencia a las plebes contra el oscurantismo religioso de la Edad Media es algo, si es que realmente lo fue, perteneciente al pasado. Las estructuras escolásticas que hundían sus raíces en el período revolucionario y progresivo de la burguesía, ahora ya son un recuerdo, y hoy se desmantelan los residuos.

La escuela superior forjaba los cuadros de la clase dominante, en los institutos se enseñaba a los jóvenes pimpollos a usar el cerebro y a aprender las bases ideológicas del régimen; y aun sucedía que corazones sensibles traicionaran a su propia clase y ofrecieran su contribución a la causa proletaria.

La ilusión, siempre combatida por nosotros, de que los hijos de los obreros arrebataran a la burguesía el saber a través de la escuela de masas, se topa actualmente con la realidad de los hechos. Las escuelas se han transformado cada vez más en prisiones, donde la enseñanza, la formación de la fuerza de trabajo futura, se convierte en algo secundario con respecto al atolondramiento general.

Demasiadas asignaturas, a cual más parcial (como las de los ordenadores y similares), ayudan a que los jóvenes usen cada vez menos el cerebro en espera de un puesto de trabajo que no existe, aunque, para garantizar la asistencia, además de las leyes, se alimenta de cara a los jóvenes la esperanza de que con un título en la mano es posible escapar del desempleo. El fin de la enseñanza pasa a ser el repartir el mayor número de trozos de papel, o los de más estima, mientras queda claro que, si no se reduce el horario de trabajo y sin un fuerte repunte económico, imposible hoy en día si no es tras una guerra, los puestos disponibles continúan siendo siempre los mismos. El movimiento estudiantil expresa la rabia y la desilusión por los años pasados sobre los pupitres, por los gastos mantenidos sin perspectivas ciertas. En cuanto a su orientación es claramente reaccionario, estudiar mejor y tonterías por el estilo, apunta a la conservación social, al deseo individual de encontrar trabajo a costa de quien no tiene título o lo posee de valor inferior.

La preocupación de los burgueses frente a la cada vez más inquietante masa de los sin trabajo, se trasluce a través de las bocas y plumas de sus maitre á penser.

No es pues tan extraño oírles hablar de reducción generalizada del horario de trabajo: también los «acuerdos de solidaridad» (menos horas de trabajo por menos salario a cambio de no despedir a una parte de la plantilla) dentro de su modesto alcance pueden ser incluidos en esta reducción. Pero la reducción del horario de trabajo, para los burgueses tiene que ir ligada sin falta a la paralela reducción del salario, enmascarada ésta siempre con múltiples artificios: medida defensiva para la burguesía que consiste en la repartición de la miseria entre los trabajadores. La reducción del horario ligada a una relativa reducción del salario es, efectivamente, un contrato de solidaridad, pero no entre los trabajadores, es un abrazo mortal entre explotados y explotadores para la perpetuación del sistema de producción capitalista.

El proletariado no debe renunciar a su autonomía, so pena de renunciar a su programa histórico emancipador. Si hoy baja la cabeza y no se dota de los instrumentos necesarios para oponerse a las peticiones de cada vez más sudor, mañana, cuando las burguesías pidan la sangre para su guerra imperialista, será imposible movilizarse para declarar guerra a la guerra, no se tendrá la fuerza para desencadenar la subversión social.

Nuestra perspectiva revolucionaria no la hemos negado nunca, y tampoco escondido, por el contrario una de las razones de nuestra existencia en cuanto partido reside en el continuo trabajo de estudio, propaganda y acción, sobre un programa histórico de emancipación, donde principios y tácticas no son definidos en función de efímeros consensos, sino como armas capaces de desquiciar la sociedad actual.

El problema del desempleo juvenil nosotros lo encuadramos en esta perspectiva. Si por una parte demostramos cómo la economía capitalista lleva inevitablemente a su crisis general de sobreproducción, resoluble para la burguesía sólo con la guerra, por otra indicamos como único camino a seguir el enfrentamiento decisivo entre la clase obrera y su carcelero, la burguesía. Enfrentamiento que ciertamente marcará una época, y será mejor que el proletariado, teniendo en cuenta las experiencias pasadas, se prepare de la mejor forma posible, necesitando sus organizaciones de defensa económica y su órgano político, el partido de clase.

Los desempleados son proletarios, el hecho de que hayan perdido el puesto de trabajo no elimina su condición de vendedores de su fuerza de trabajo, único recurso para vivir; sólo los que recurren a distintas fuentes de subsistencia abandonan su clase para caer en el pauperismo o en el subproletariado. Nuestra consigna y enfoque de la lucha reivindica por tanto la organización y el encuadramiento de los desocupados en las respectivas categorías de las que provienen, donde la petición de salario pleno y garantizado se iguala con la de menos horas de trabajo a igual salario.

Los jóvenes sin trabajo, indistintamente, no pueden considerarse automáticamente parte del proletariado. En la actual desorientación de referencias hacia la clase es difícil para la juventud de familia obrera, que no haya entrado todavía en los procesos productivos, reconocer y luchar unida por sus reivindicaciones clasistas, pero precisamente por esto es más necesario que nunca trazar claramente la división entre las clases. A los jóvenes de origen proletario les indicamos la unión con la clase reivindicando la reducción del horario de trabajo a igual salario y no la consigna de un «salario social», que confunde y mistifica las barreras de clase, que junta a todos los jóvenes bajo la interclasista dependencia de clientela del Estado capitalista.

Actualmente la ausencia total de organizaciones de defensa económica aunque sean mínimas, hace el recorrido hirsuto y lleno de obstáculos, pero la claridad de rumbo será la espada que volverá a cortar nudos ya deshechos por la historia de las luchas de clase.

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Source: «La Izquierda Comunista», N°5, Noviembre 1996 (Este artículo ha sido ya publicado en italiano en «Il Partito Comunista» n° 240 junio-julio 1996)

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