Nuestra conmemoracion de los 50 anos del final de la segunda guerra imperialista
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NUESTRA CONMEMORACIÓN DE LOS 50 AÑOS DEL FINAL DE LA SEGUNDA GUERRA IMPERIALISTA
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Nuestra conmemoración de los 50 años del final de la segunda guerra imperialista
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Nuestra conmemoración de los 50 años del final de la segunda guerra imperialista
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Con gran clamor las trompetas de la propaganda burguesa han celebrado el final de la II guerra mundial renovando el mito bastardo de la resistencia.

Los vencedores, ayer igual que hoy, descargan sobre los vencidos las pretendidas causas y golpes de la carnicería más grande de la historia, causas que habría que buscar o bien en la innata agresividad del pueblo alemán o bien en la barbarie de la dictadura contra la sociedad civil y democrática. Mientras la cínica y monstruosa aberración del nazismo culminaba en las atrocidades de los campos de concentración y de exterminio, ¿cómo podían los aliados permanecer sordos al grito desesperado de los millones de personas bajo el yugo hitleriano?

Desde los parvulitos hasta la escuela primaria el adoctrinamiento de los jóvenes se basaba en estos puntos, las fotos de los horrores de la guerra presentan sólo al soldado alemán como carnicero, mientras las lecturas cuentan las sufridas y heroicas gestas de los liberadores contra un enemigo despiadado. La relación podría no tener fin, recordamos solamente los vomitivos y falsos productos cinematográficos, expresión de la martilleante propaganda burguesa. Si a algún joven le surgen dudas, es utilizada enseguida la engañosa tesis que presenta a la democracia como «mal menor» respecto al fascismo.

Desgraciadamente la II guerra mundial no fue más que un monstruoso y continuo «exceso» de ambos frentes. Los terroríficos bombardeos llevados a cabo por los aliados sobre las ciudades de Alemania causaron millones de muertos. Más de 1 50.000 fueron las víctimas del bombardeo que sufrió la ciudad de Dresden el 13 de febrero de 1 945, los testimonios de aquella tragedia hablan de la autocombustión a causa del enorme calor despedido por las toneladas de bombas con fósforo, de los más sólidos refugios antiaéreos de los civiles derrumbados por la furia destructiva de los libertadores. La célebre guerra submarina mostrada siempre para deshonra de Alemania fue utilizada con igual ferocidad por todos los bandos beligerantes, el trofeo del número más alto de víctimas civiles a causa de un torpedeo es de la Royal Navy que en el mar Báltico a inicios del 1945 torpedeó al transatlántico Bremen sobrecargado de civiles que huían de Prusia Oriental, las víctimas fueron 7.000.

Las bombas atómicas lanzadas sobre los inermes habitantes jamás podrán ser justificadas como «excesos» necesarios, sino que remachan una vez más la tesis comunista que niega ya a esta sociedad algo progresivo atribuyéndole solamente muerte y destrucción.

Las enormes carnicerías son funcionales y necesarias a este modo de producción, la carrera continua de acumulación de capital lleva a la crisis de superproducción que sólo la guerra puede interrumpir.

Como última carta los defensores y apologistas de la guerra por la democracia contra la violencia nazifascista, desenfundan las macabras y repugnantes imágenes de los campos de exterminio atribuyendo la culpa a la fiera nazi y a sus aliados.

Nunca negamos su existencia, pero como ya escribimos y demostramos toda la burguesía mundial fue cómplice y sacó ventajas de la «solución final». No estamos aquí para volver a plantear nuestro estudio sobre tal cuestión, recordamos solamente a modo de prueba que ningún país ni antes del inicio del conflicto ni durante el mismo, permitió acoger a los prófugos hebreos de la Alemania nazi, por el contrario todos los países levantaron potentes barreras contra tal inmigración, y solo unos pocos, de nombre famoso o con la cartera bien repleta, consiguieron superar tales barreras.

Los campos de concentración y exterminio no fueron solamente alemanes sino de todos los países beligerantes. Incluso si la verdad oficial la escriben los vencedores, la verdad histórica antes o después hace su aparición.

El fin reservado a los soldados del derrotado ejército alemán fue siempre silenciado y ocultado; como mucho, en la contraposición entre los bloques ruso y estadounidense se intercambiaban acusaciones de haber engullido los restos de la Wehrmacht y no haber devuelto a casa a los prisioneros. La realidad fue tremenda, comparable a la ferocidad nazi. Rusia envió a todos los prisioneros capacitados a las regiones más perdidas e inhóspitas de su inmenso territorio a realizar los trabajos más insanos y duros en condiciones bestiales; poquísimos volvieron. La sangría, en términos de vidas humanas, por parte de la URSS fue espantosa, más de 25 millones de muertos, la mano de obra escaseaba, de aquí la magnanimidad del capitalismo al conceder temporalmente a los prisioneros salvar la vida a cambio de la esclavitud.

Distinta suerte corrieron los prisioneros alemanes en manos de los aliados: no fueron considerados POW, o sea prisioneros de guerra, sino que fueron degradados a la condición de DEF, es decir fuerzas enemigas desarmadas, traicionando por tanto las convenciones de Ginebra. El racionamiento alimenticio redujo hasta los huesos a los prisioneros literalmente dejados morir de hambre y enfermedades en campos de prisioneros que no eran más que desnudos trozos de terreno rodeados por alambre de espinos. Según los cálculos realizados sobre las cifras suministradas por los departamentos americanos y franceses, recogidos en el libro «los otros Lager» de J. Bacque, aproximadamente 1,7 millones de prisioneros alemanes no regresaron a casa.

No es difícil advertir la confirmación de nuestras tesis fundamentales también en estos episodios. Las carnicerías, la tremenda sangría proletaria, o sea del capital variable, alejó ciertamente el espectro de una posible agitación social en el corazón de Europa y al mismo tiempo retrasó en gran medida el retorno de la potencia alemana sobre el escenario de la contienda imperialista. Recordamos algunas matanzas por las que están manchados los aliados, no por ser partidarios del imperialismo alemán, sino para repetir, incluso con esta apocalíptica contabilidad y contra la mentirosa propaganda de los vencedores, que la guerra fue guerra burguesa e imperialista desde todos los frentes. Y las causas materiales de la guerra imperialista las hemos visto siempre en la estructura económico social de esta sociedad, sin dejarnos engañar por las pretendidas «víctimas» y «agredidos». Con Marx demostramos que el fin último del capitalismo es la carrera desenfrenada por la acumulación de capital por el beneficio, pero tal línea de desarrollo es negada por la estructura misma de este modo de producción, por la caída de la tasa de ganancia inducida por la superproducción de capital, hasta la crisis estructural de esta sociedad. Sólo la destrucción masiva de capital puede permitir a esta sociedad un nuevo impulso vital.

Cuando hablamos de capital no entendemos solo el capital monetario, sino todo el capital, constituido por los medios de producción, la fuerza de trabajo y el trabajo muerto acumulado.

La posición de los comunistas frente a la guerra imperialista no puede ser otra que el sabotaje, el derrotismo. La traición a los principios del comunismo por parte del estalinismo y del actual oportunismo en expansión obliga a nuestro partido a remachar los puntos cardinales de la doctrina marxista. El órgano de la revolución, el partido político no es sólo organización sino ante todo un programa, un método de trabajo, una doctrina; la historia por el momento nos obliga a utilizar solamente las armas de la crítica. A lo largo de todo el arco del siglo XX nuestro partido, en la línea de Marx, de Lenin, de la Internacional y de la Izquierda Comunista Italiana, es el único que no ha traicionado el internacionalismo, el único, por tanto, en condiciones de guiar en un futuro próximo el asalto proletario al monstruo capitalista. 1914: La socialdemocracia encuadra en los contrapuestos frentes de guerra al proletariado de las distintas naciones involucradas, las motivaciones hablan de atrocidad de los enemigos, de agredidos y de agresores, de tierras irredentas... 1917: El Octubre rojo desgarra como un rayo el régimen burgués, una verdad histórica se confirma, sólo con el abatimiento violento del Estado burgués se puede poner fin a la guerra imperialista. 1918: El miedo a que el incendio revolucionario se difunda en toda Europa obliga a las distintas burguesías a interrumpir a toda prisa el conflicto llevando a cabo esa asociación antiproletaria ya descrita por Marx para la Comuna de París. 1926: Se cumple el fin de la parábola revolucionaria, la ausencia de la revolución internacional es la causa de la derrota de Octubre, los intereses del Estado ruso pasan a ocupar el primer lugar, la Internacional, de ser instrumento de subversión mundial del orden constituido se convierte en instrumento de la política diplomática del naciente capitalismo ruso. 1939: Sanción última de la contrarrevolución, el pacto ruso-alemán. 1939-45: Como en la primera, con mayores dimensiones, la guerra arrecia en todo el mundo. La clase obrera, privada como en la primera de una guía revolucionaria, su partido de clase, es sometida a los intereses del capital. Como en la primera guerra mundial, los partidos falsamente obreros llaman a los trabajadores a desangrarse en los distintos frentes en nombre de la civilización, contra la barbarie del enemigo: la patria en peligro, el vergonzoso grito de los socialchovinistas de la primera guerra mundial, se escucha nuevamente.

En toda la Europa bajo ocupación alemana surge el movimiento de resistencia. La historiografía oficial lo exaltará y desnaturalizará completamente su naturaleza y acciones. En Francia solo cuando estuvo claro el rumbo de la guerra y con los importantes fondos de la inteligencia aliada se formaron grupos de resistencia. En el Este europeo, sobre todo en Rusia, la guerrilla partisana tendría, precisamente por la naturaleza del terreno, un papel no marginal. Tanto en Yugoslavia como en la URSS, la II guerra mundial será después llamada patriótica para demostrar su naturaleza nacional.

En Italia el discurso es ligeramente más complejo en cuanto que la burguesía del país no fue capaz de regir militar, política y socialmente los destinos del conflicto como protagonista y reconociendo su incapacidad se puso bajo la protección del imperialismo alemán y del aliado. Para la burguesía la situación social no era de las más confortables, habían estallado potentes huelgas en marza de 1943 con las clásicas reivindicaciones proletarias: pan y paz.

En julio de 1943 a continuación del desembarco de los aliados en Sicilia hubo un intento de «revuelta»: Después del 8 de septiembre Italia queda dividida en dos. Tanto en el Sur como en el Norte las masas proletarias están poco dispuestas a dejarse masacrar en nombre de los intereses de la sagrada patria; el fenómeno de la resistencia asume dimensiones enormes. Los fugados para evitar su captura se refugian en los montes dando vida a las primeras formaciones partisanas que de partisano tenían solo el objetivo de salvar el pellejo. El estalinismo y toda la propaganda burguesa, fascistas incluidos, intervinieron con todos los medios para dirigir al proletariado en la lucha contra el invasor. En el Norte la RSI llamaba a los jóvenes de las quintas 22-23 y 24 a luchar contra la traición del Rey y de Badoglio, que habían vendido Italia a los invasores extranjeros, a las democracias plutocráticas; en el Sur el gobierno Badoglio llamaba a las quintas 22-23 y 24 a la lucha contra el invasor alemán y contra el fascio.

El partido comunista nacional, expresión de la contrarrevolución estalinista triunfante, no se dirigió a la clase obrera reivindicando una sociedad sin más guerras, sin más miseria, por el fin de la esclavitud del trabajo asalariado, sino que con la peor de las infamias, como los socialchovinistas en 1914, pidió la sangre de los trabajadores para uno de los frentes de la guerra imperialista. La libertad de la patria, archiconocida traición del oportunismo, era condición indispensable para cualquier reivindicación posterior.

Las fuerzas en el campo de batalla eran tales que se hacia muy difícil, si no imposible una transformación revolucionaria de la guerra imperialista: el proletariado como clase histórica, para si, estaba completamente o casi ausente; su partido internacional destruido hasta sus fundamentos; las organizaciones de defensa económica, los sindicatos, habían sido destruidos; en todos los países los sindicatos estaban abiertamente o de forma enmascarada bajo control estatal. Luchas espontáneas, incluso potentes y violentas como la Comuna de Varsovia se dieron en toda Europa, pero privados de sus instrumentos, de su Partido, de sus organizaciones económicas. La clase obrera estaba condenada a la matanza. Además
«
la larga guerra no favorece a la revolución: la guerra que no haya atraído a su comienzo o en sus primeros desarrollos el incendio de la revolución victoriosa, podrá desarrollarse más fácilmente y llegar a su fin dando nuevo vigor al capitalismo agonizante: al cadáver, el sistema capitalista, que todavía camina, hay que asestarle el golpe definitivo antes de que le sea transferida sangre nueva de las venas proletarias, es decir, antes de que encuentre nueva juventud en las enormes destrucciones de la guerra y en la consiguiente reanudación económica de la reconstrucción» («Tesis y valoración clásicas del partido frente a las guerras imperialistas»).

La situación objetiva no era favorable, pero no por esto se debía abandonar toda perspectiva clasista y saltar sobre el carro del previsible vencedor. El precio pagado a posteriori seria, como después fue, mucho más alto. Nuestra corriente, la Izquierda Comunista, organizada en Partido Comunista Internacionalista hacia finales de 1942, fue la única en el panorama de los pretendidos revolucionarios (con buena fe o sin ella), que mantuvo en alto la bandera del internacionalismo proletario, fue la única en remachar las tesis comunistas, confirmadas por la revolución rusa, del derrotismo revolucionario, del sabotaje de la guerra imperialista. Nuestro Partido de entonces, frente a miles de dificultades y peligros, con sus modestas, pero no totalmente despreciables fuerzas negó todo frente único político de defensa nacional y antifascista y se dirigió a la clase obrera por el frente único proletario que:
«
reagrupa y cimenta las fuerzas destinadas a batirse en las barricadas de clase contra la guerra y las fuerzas políticas que la dirigen, tanto fascistas como democráticas. Su tarea principal y más urgente es impedir que los obreros se contagien con la propaganda belicista: desenmascarar a los agentes camuflados de revolucionarios y evitar que el espíritu de lucha y de sacrificio que anima al proletariado sea explotado en todas partes en beneficio de la guerra y su continuación, incluso bajo las banderas de las libertades democráticas» (Prometeo, n.4, febrero 1 944).

A cincuenta años del final de la mayor matanza de la historia las celebraciones tienen un sabor a tenebroso presagio: como ha sido preanunciado por los comunistas revolucionarios y negado por todos los traidores, el final de la segunda guerra mundial no significó, en absoluto, el fin de las guerras imperialistas y la tercera guerra está ya en preparación. El relativo y efímero bienestar que el proletariado occidental ha gozado es el fruto envenenado de aquella enorme masacre, el capitalismo moribundo ha podido regenerar una nueva vida, relanzar la acumulación de capital, concediendo a los trabajadores, no sin duras y sangrientas luchas, las migajas de su codicioso banquete. De tal relanzamiento hoy queda poco y sólo la inmensa rapiña en los países del «tercer mundo», solo la masacrante y bestial explotación del proletariado mantiene a un cadáver que todavía camina.

En el 50 aniversario de la enorme carnicería queremos recordar a todos los caídos que se levantaron contra la bestialidad del capital rechazando toda cesión y alianza con los frentes imperialistas. Queremos recordar aquí a nuestros compañeros de Partido caídos bajo el plomo fascista, encarcelados y deportados por ser internacionalistas: Giuseppe Biscuola, fusilado en Génova el 13 de enero de 1945, Espartaco Ferradini, fusilado en Génova el 24 de abril de 1945; Capellini, Bergomi y Porta, trabajadores de la Falk y de la Breda deportados a Alemania y desaparecidos; Mantovani, obrero turinés deportado y muerto en un campo de concentración; Angelo Garrota de Ponte Lambro, fusilado el 25 de abril de 1945; Luigi Garotta, deportado en Alemania. Queremos recordar a nuestros compañeros de Partido asesinados por el estalinismo, por el PCI, por ser internacionalistas, porque jamás abjuraron de los principios del comunismo: Fausto Atti, asesinado cerca de Bolonia el 27 de marzo de 1945, Mario Acquaviva, asesinado en Asti el 11 de julio de 1945.

La bandera que nos han consignado estos compañeros está en nuestras manos. En el modesto pero grandioso trabajo colectivo e impersonal de partido se transmite toda la llama revolucionaria, capaz mañana de incendiar a la sociedad entera. Una nueva era se abrirá: el comunismo.

Source: «La Izquierda Comunista», Número 3, Noviembre 1995, p.47-49

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