Reformismo y socialismo
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REFORMISMO Y SOCIALISMO
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Reformismo y socialismo
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Siguiendo el hilo del tiempo

Reformismo y socialismo

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En la polémica de decenios y decenios, los detractores del marxismo siempre han querido demostrar que contenía una fluctuación entre dos posiciones mal concebidas, máximalista la una, basada en la exasperación de la lucha de clase que debía conducir a la tan ironizada «catástrofe», la otra minimalista, preocupada por obtener para las clases trabajadoras mejoras en la situación económica, y una serie de tuteladoras medidas promulgadas por ley.

Se pretendió encontrar en los mismos textos fundamentales del marxismo este doble enfoque, se atribuyó la visión revolucionaria y violenta a los escritos juveniles de Marx y de Engels, se sostuvo que la hubiesen mitigado y rectificado gradualmente, en los estudios más maduros e investigaciones sobre economía y sociedad moderna; se puso en dicha mira el mismo Capital, obra máxima de Marx, en claro contraste con las primeras visiones, y además se insistió también con hábiles falsificaciones y sustracciones de textos, desenmascaradas para siempre en la obra de Lenin, sobre el enfoque que había seguido Engels en la dialéctica tarea de intérprete superviviente, tras la muerte del amigo, de guía teórico y político del Partido Socialista de Alemania y de la Segunda Internacional, en los últimos años del siglo pasado.

Otra tesis de baja estirpe y para gentes de lengua fácil era la de que en aquella primera agitación de visiones revolucionarias y choques sociales apocalípticos se viese la influencia del idealismo del que los dos maestros eran seguidores en los primeros años, del que liberándose habrían llegado al terreno de un gradualismo positivo, que deponiendo las negaciones radicales admitía cada vez mas la posibilidad de transformaciones evolutivas. Nada más falso, pero aquí no es el aspecto catastrófico el que analizamos.

Como siempre, la pretendida contradicción se alberga solo en la cabeza de aquellos que nunca han podido asimilar el método de Marx, y en el confundir chapucero las afirmaciones y las tesis, que hacen referencia a la investigación científica objetiva sobre los caracteres del proceso social, con otras que en segundo lugar, están en el campo de la crítica polémica a la ideología con la cual las distintas clases históricas reflejan la organización y la tarea del movimiento obrero y del partido de clase, o sea la batalla, la intervención directa en los acontecimientos. Y suele provocarse una mayor confusión por los revisionistas de cualquier pelaje, entre este último plano del desarrollo del método socialista, y la parte vital y esencial del primer campo de estudio científico, la cual, después de haber establecido las leyes sobre los hechos de ayer y de hoy, trata de indagar el sentido del desarrollo futuro de las formas sociales.

Antes de confrontar los textos de Marx o de los otros, se debe de tener muy claro si en ellos habla el científico, el critico, el polemista, o el organizador y el hombre del partido: momentos no contradictorios, sino dialécticamente ligados. Ni tampoco debe ignorarse que a veces habla el editor, en momentos particularmente difíciles para la propaganda, en países donde existen vínculos especiales; que prefacios, presentaciones y respuestas a objeciones para el mundo de la cultura y para «los prejuicios de la opinión pública» a la que dice Marx, «nunca he hecho concesiones», deben de tener en cuenta «bloques» especiales. Tras las leyes de excepción antisocialistás alemanas solo el 1 de enero de 1914 volvió a permitírse en Alemania la circulación de escritos da Marx. Un ejemplo interesante lo da Lenin cuando revela que, debiendo conseguir que entrase en Rusia su estudio sobre el Imperialismo, para enunciar la tesis de que la verdadera lucha contra la codicia rusa de opresión nacional debía de ser conducida condenando y asaltando al régimen interno, y removiendo la moral a alemanes e ingleses, estuvo obligado a poner como ejemplo... a Japón y Corea! A los militantes inteligentes y a los obreros dotados de sentido de clase, les quedaba el deber de entender bien en todos estos casos.

Muchas, muchas veces Marx y Engels explican porque han dado amplias exposiciones a las medidas y legislaciones sociales inglesas, que en los otros países han sido imitadas con un retraso de decenios, y a las luchas sostenidas para conseguirlas por la clase obrera. Ahora bien, si tomamos la frase clásica del Manifiesto según la cual tales conquistas no tienen más valor que el de extender la organización de lucha del proletariado, y la condena de cualquier socialismo burgués que reduzca la transformación social a unas medidas de administración del Estado «que cuanto más le disminuyen a los burgueses los gastos de su dominio», encontraremos que todo el acercamiento de la legislación reformadora en el curso de cincuenta años la mantiene totalmente coherente.

El importante movimiento moderno de leyes sociales: limitación de la jornada de trabajo y del trabajo de la mujer y de los niños, control de la seguridad e higiene en la industria, y no menos en las formas posteriores para la redacción del Capital como los seguros sociales de todo tipo, le interesan al método marxista y al socialismo en tres aspectos, remachados en cien textos: 1859, Contribución a la critica de la economía moderna; 1884, Mensaje Inaugural de la Asociación Internacional de Trabajadores; 1887, Prefacio y muchos capítulos del Capital; Prefacio de 1872; 1875, Critica del Programa de Gotha; 1892, Prefacio - de Engels - a La situación de la clase obrera en Inglaterra; y en muchos otros.

1. Confutación de la teoría burguesa. Ésta, con Ricardo, alcanza su limite máximo: reconocido que el trabajo es la fuente de todo valor, admite que hay antagonismo entre los intereses del trabajador asalariado y los del industrial. Pero por razones históricas, sociales y políticas, Ricardo sostiene que el sistema de producción industrial y de empresas libres y concurrentes produce, con el juego de sus leyes, equilibrios útiles y crea armonía entre los intereses individuales y el intereses general, elevando el tenor del pueblo con su ritmo progresivo. Es decisivo demostrar que la burguesía no conoce el ritmo de su desarrollo y debe renegar, en la práctica de la propia teoría: de hecho si no interviniese, venciendo la resistencia del industrial individual, poniéndole límites coactivos, se tendría el hambre extrema, la degeneración de la raza, y el hundimiento del sistema. Cuanto más leyes del género hace el muy libre e intervencionista parlamento inglés, más exacta resulta la economía marxista, sobre todo en la confutación de la economía oficial. Mayor es el triunfo que viene de la extensión del proceso a todos los países del mundo.

2. Aceleración del desarrollo del sistema capitalista en el sentido establecido por el marxismo:
eliminación de todos los residuos de la economías anticuadas con producción fraccionada, concentración del capital y acercamiento de la situación en que la lucha general por el dominio de las fuerzas productivas deberá explotar entre las clases enemigas. Esto dice textualmente el Cap. XIV al final: «la generación de la legislación sobre las fábricas [...] acelera la metamorfosis del trabajo aislado y diseminado [...] en trabajo socialmente organizado. Destruye todas las formas anticuadas y transitorias, detrás de las cuales se esconde todavía el poder del capital, y las sustituye con su inmediato y activo dominio. Generalizando contemporáneamente la lucha directa trabada contra tal dominación».

3. Desplazamiento de la acción proletaria hacia la reivindicación proletaria total. El proletariado se desarrolla como clase en la primera fase histórica desde el apoyando el pleno encuadrarse del pleno desembarazarse del régimen burgués de los últimos obstáculos feudales, fase cuya época es aproximadamente la de las reivindicaciones de Marx sobre los distintos países de Europa. Así, en la lucha para eliminar los aspectos más feroces y negreros del régimen de fábrica, y las más siniestras incertidumbres de la propia suerte en la actual economía, llega a convencerse de que aún limpiándola, la economía de la época capitalista sigue siendo esclavitud, solamente superable con el derrocamiento de las relaciones actuales y de su poder armado. Limitándonos a un texto clásico, la crítica del programa de Gotha. Marx ataca sin piedad el error lassallano, de que el capitalismo mientras oprime y somete a los asalariados, impide que su remuneración y mantenimiento sobrepase un limite máximo. (La famosa Ley de Bronce del salario). Marx después de cuarenta años repite lo que escribió en el Manifiesto, y reprende ásperamente a los dirigentes del partido que reniegan de una tesis de la que los obreros alemanes están convencidos desde hacía años y años, o sea que, tanto si es alto como sí es baje el salario, el régimen del asalariado es un régimen de opresión, y por consiguiente, también si el sistema es susceptible de una mejora indefinida, nosotros reivindicamos igualmente su destrucción radical. «El sistema del trabajo asalariado es un sistema de esclavitud, que deviene más dura en la medida en que desarrolla las fuerzas productivas sociales del trabajo. Y después de que tal criterio se ha abierto camino en nuestro [..] se vuelve a los dogmas de Lasalle [..] es como si, entre los esclavos que al fin han descubierto el secreto de la esclavitud y se revelan contra ella, viniese un esclavo fanático de las ideas anticuadas y escribiese en el programa de la rebelión:¡ la esclavitud debe ser abolida porque el sustento de los esclavos, dentro del sistema de la esclavitud, no puede pasar de un cierto límite sumamente bajo!».

No es posible continuar la cita y el comentario. Se trata de la esencia del marxismo radical, del solo marxismo. No solo admitimos, sino que encontramos útil que las reformas burguesas prueben que en los límites del capitalismo no es posible ampliar - renegando tres veces, antes que cante el gallo de la ciencia burguesa - las mejoras para los trabajadores. Estos entenderán que tal capitalismo en edición mejora y progresiva sigue siendo su enemigo, y lucharan para arrancarlo de raíz, derrocándolo con la revolución. He ahí el sentido histórico y dialéctico del antagonismo de clase, que cubre, unitario, en el espacio cien naciones, y en el tiempo un siglo de historia, lejos de encerrarse en el aumento del salario, que, también se hincha, mantiene siempre visible el lugar de la marca con fuego, que señala en las carnes del esclavo.

Hoy
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Tomemos pues, desde entonces hasta ahora, en todos los países más o menos desarrollados, todos los programas reformistas inventados y ofrecidos al proletariado, programas mínimos, inmediatos, concretos, legislativos, técnicos, prácticos, realistas y demás zarandajas. Esos no escapan a la «doble superstición» que Marx encontró en el informe centón de aspiraciones y peticiones pasado por la criba de aquella famosa crítica. Una el estalinismo, la otra, el democratismo: «todo el programa, a pesar de todo el cascabeleo democrático (más arriba definido como letanía democrática: sufragio universal, legislación directa, derechos del hombre, nación annada, etc., es puro eco del partido popular burgués, de la liga por la paz y la libertad; y tomad esto, populistas, picasistas y maoistas petícionistas de hoy...), el programa está todo él infectado hasta el tuétano de la fe servil de la secta lasalleana en el Estado; o - lo que no es mejor ni mucho menos - de la superstición democrática: o es más bien compromiso entre estas dos supersticiones, ninguna de las cuales tiene nada que ver con el socialismo».

El reformismo, sólidamente arraigado a la realidad en un único terreno, el de la traición, se esconde desde hace un siglo entre estas dos supersticiones, y es la causa de las dos infecciones más tremendas del movimiento obrero, que colocan la emancipación de los trabajadores al final, la una al final de la ya de las libertades populares, la otra, al de la ya de la economía estatalizada.

Estas, que son las dos vías de la maniobra social y política burguesa, primero para asegurar el desbordamiento histórico del capitalismo, luego para evitar un hundimiento, ambas autolesionistas para el movimiento de los trabajadores, están sobre todo en contraste histórico directo entre ellas.

Marx, poned atención, no dice en efecto, ni lo dice Lenin, que, una vez establecidas las cuestiones de programa y de teoría que justificaron el grito indignado de Federico Engels para el congreso de Erfurt: «sobre todo no comercies con los principios!» ya sea indiferente para el marxismo y la clase obrera, en etapas históricas dadas, que tales reformas burguesas sean puestas en práctica, y que por ejemplo el Estado - ídolo de los oportunistas alemanes- se libere de las escorias feudales que todavía lo caracterizan, en la época de Gotha. Se deberla incluso contraponer al imperio de. los Hohenzollern y de Bismark la república democrática, pero no porque sea ésta la forma de Estado obrero, o la forma política en la que se realizará el socialismo, sino «precisamente en esta última forma política de la sociedad burguesa se debe combatir definitivamente la lucha de clases», y es en este texto donde Marx remacha finalmente la fórmula de «dictadura proletaria» que los trabajadores italianos osaron sustituir con la palabra táctica (edición de 1914, Volumen II) allí donde la palabra es típicamente latina, y se ha convertido en internacional.

Alejada entre las dos supersticiones, como enlace de fuerzas locales para el control del Estado, entendido no en el sentido de lucha para romperlo, sino en el sentido constitucionalista, y por eso utópico, y del control y gestión económica por parte de las administraciones públicas y del mismo Estado, el oportunismo social demócrata desembocó primeramente en la alianza con los imperialismos, y no quiso ver que en la guerra y su organización está insíta la suspensión de todo control sobre las famosas «bases», sobre los centros, y de toda «libertad», y se hace evidente al marxismo el carácter de dictadura burguesa del Estado «actual». La crítica de la III Internacional bolchevique se abatió como un ciclón sobre este sistema mundial de traición.

No menos impotente fue el reformismo para comprender la directriz propia de la época de la guerras imperialistas en economía y en política. La correspondiente a eso que en economía es monopolio, opuesto a la libre concurrencia, el control, el dirigismo, la planificación estatal de los hechos económicos, la toma de gestión de empresas dadas por parte del Estado, debía de ser políticamente, y era, el totalitarismo, o sea el desenmascararse de la dictadura burguesa según la época y los países, ya perfectamente eficientes en las formas exteriores parlamentarias: en especial donde se delineaba la preparación revolucionaria de la lucha de clases. Eliminados durante la última parte del siglo pasado, exceptuando Rusia, los residuos de instituciones feudales, afirmando en el mundo «el dominio del capital», planteada la alternativa que Lenin ve en 1919: dirección burguesa o dirección proletaria de la economía mundial; fracasadas en los países europeos, fuera de Rusia, las tentativas de conquista del poder por parte de la clase obrera revolucionaria, el reformismo no supo reconocerse a si mismo en los últimos intentos de ordenamiento burgués que contenían sus clásicas reivindicaciones: fascismos, nacismos, y en las manifestaciones elocuentes que se manifestaban en otros muchos países bajo el intacto mantel de las instituciones liberales.

El reformismo italiano, que indudablemente tenía precedentes sugestivos tanto como administración de una joven burguesía, que como corriente proletaria de la «Crítica Social», en la que durante tantos años el marxismo, si no aplicado rectamente, al menos fue expuesto correctamente, que incluso había resistido a la movilización supersticiosa pro-guerra contra Austria (1914), murió sin honor en el grande bloque antifascista. Le gritó al fascismo todos los anatemas ideológicos por las libertades y las garantías burguesas violadas, no vio en él a su heredero, o sea la forma suprema de la combinación antirrevolucionaria de dos condiciones: economía capitalista, realización dentro de sus límites, y con el fin de defenderlos, de las medidas de mejorar de las condiciones de los obreros.

El actual reformismo antifascista - y estamos entre siete o ocho partidos principales, todos reformistas por salvar la piel - abandonada la única cosa que haga posibles modernos escritos administrativos, el mono partidismo sigue flacamente las huellas de las innovaciones fascistas en materia de legislación económica, coleccionando pésimas figuras.

Esta fuera de discusión entre todos los grandes contendientes que las cinco o seis «grandes reformas» programadas requieren bastos medios y largo tiempo para su aplicación. ¿Cómo conciliar tal exigencia con la comedia de la política parlamentaria, si uno de los dos principales grupos adversarios no está fuera de juego? Es precisamente de aquello que hoy llaman con horror «un régimen», de lo que la praxis reformista tiene necesidad. Con un solo partido en la administración los desfalcos, despilfarros, especulaciones ilícitas y mastodónticas inversiones en grandes obras públicas pueden ser reducidas a un mínimo, aún permaneciendo el objetivo esencial de los dirigentes burgueses de tipo moderno.

Entre los aspectos reformadores del postfascismo muy pocos tienen la cabeza sobre los hombros, y son aún más raros los que dicen una verdad, cuando no se interesan en ser ministros, cosa muy extraña, o cardenales... Un discurso notable en el congreso de Nápoles del P.S.L.I. ha sido el de Tremelloni, que en un cierto momento ha dicho: se podría mejorar en un tercio el tenor de vida del trabajador italiano, pero se debería «cortarles las tilas» a los industriales... Con la administración actual, sin embargo, esto es imposible, y entonces se comprende que no queda más que el pleno empleo, la emigración, la paz universal y las inversiones productivas de los privados, del Estado y del capital extranjero. Conocidisimo, y sin embargo da gusto escuchar como se admite tanto de una sola vez, entre tantos clamores por cortarles las uñas a los fantasmagóricos «barones», con el que el tenor de vida subiría un 5%, recordar que los saqueos de las intrigas capitalistas, de las que chupan todos, negros y rojos, pesan cientos de veces más.

En cuanto a Don Sturzo, y era en él en quién pensábamos hablando de cardenales, admite finalmente que todo el bagaje legislativo reformador de la nueva edición de De Gasperi caerá a cero, y es una concesión inútil a la baja demagogia de las oposiciones sobre la posibilidad de intervenciones técnicas radicales en los acontecimientos económicos italianos. Incluso donde Don Sturzo le daría precedencia a una reforma administrativa: con la burocracia actual no se hacen reformas serias. Pero estamos ahí: la moderna burocracia de Estado no es una férrea armadura en la que las presiones del capital sean disciplinadas, es un verdadero coladero a través del cual la intrigante iniciativa de los negocios se mueve con absoluta libertad

Para hacerla más presentable, Tremelloni quería que se pusiese, en el lugar de los altos funcionarios, a hombres y técnicos de la industria y de los negocios.

¿Pero no sería una burocracia similar aún más sierva del movimiento especulativo nacional y extranjero para el que la mejor atmósfera son la guerra, la miseria, la destrucción y la tragicomedia de la reconstrucción. saturnal de las muy deseadas «inversiones»?

Y entonces ¿no somos más concretos nosotros, los extremistas, que los «expertos» del mundo oficial, que desde hace tanto tiempo hemos constatado que la máquina estatal se debe hacer saltar por los aires, para que luego venga lo demás?

(De «Battaglia Comunista», N°4/1950)

Source: «Internationalist Papers», number 8, Spring/summer 1999

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